Hitler er
a de izquierdas.
Cada vez que alguien pronuncia este frase muere un historiador, un politólogo y un señor de Murcia con sentido común.
No obstante, cada vez se oye y se lee más a menudo. No sé si serán las redes sociales u otro tipo de fenómeno de género catastrófico, pero hay mucha gente que afirma esto.
Y no solo lo afirma, sino que lo cree.
Como creen que la tierra es plana, que las vacunas te vuelven imbécil, que los chemtrails existen, que Cristiano Ronaldo es mejor que Messi o que Albert Rivera es progresista liberal.
Y no estoy tan seguro que se le pueda atribuir toda la culpa a las redes sociales. Es evidente que éstas ponen el altavoz muchas veces a individuos que no lo merecen –sí, suena elitista, pero es que soy progresista burgués. Si existe el feminismo liberal, ¿por qué no va a existir esto?-.
Pero altavoces a parte, las redes no dejan de ser un reflejo más o menos fiel de lo que es una sociedad. Por supuesto, todos mucho más felices que en el mundo real; pero si hablamos de ideologías, pensamientos o razonamientos, la gente es a menudo más sincera a través de ellos que en persona, gracias -por supuesto- a la falsa protección que ofrece estar al otro lado de la pantalla.
En mi opinión, el problema viene por otro lado y es más antiguo. Es tan sencillo como que cada vez se fomenta menos el pensamiento crítico, e incluso el pensamiento simple. Cada vez somos más analfabetos funcionales, aunque sea de manera más sutil. Cada vez nos quedamos más con la forma del mensaje y menos con el fondo. Del mismo modo que cada vez nos importan más las apariencias, la estética y la imagen y cada vez nos importa menos el interior de las personas, esto nos sucede también si lo trasladamos al mundo de las ideas.
Y en eso tienen la culpa también las redes sociales, pero no solo. La sociedad capitalista de consumo, con su inherente e insoportable frenetismo, hace que cada vez sea más difícil, incluso queriendo, pararse a analizar, a profundizar… convirtiendo así en analfabetos funcionales de facto a gente que no debería serlo.
La educación también juega su papel. No se fomenta el espíritu crítico, no se permite al estudiante discrepar o analizar lo que aprende desde su propio punto de vista, e incluso se le penaliza académicamente por ello. En general, los mejores alumnos no son los más brillantes: son los más dóciles. Y tiene sentido. Cuantos menos individuos podamos crear con espíritu crítico, menos se cuestionará el status quo. Del mismo modo, el sistema, sabiendo que le es matemáticamente imposible anular el 100% de los sujetos que tengan esta voluntad crítica y transformadora, plantea la solución de modo que, los que pese a ello la desarrollen, lo hagan con un bajo nivel de prestigio, y tengan que ver como otros estudiantes que tienen ese analfabetismo funcional 2.0 –estudian, clavan los exámenes reproduciendo los datos aprendidos y lo olvidan-, están mejor considerados y tendrán a priori mayores oportunidades de futuro que ellos. Y digo “a priori”, porque la realidad es tozuda y la capacidad intelectual casi siempre consigue escapar de las trampas del sistema, generalmente aprovechándose de él.
Pero la educación al final la ejercen maestros. ¿Estoy diciendo entonces que se trata de un complot judeo-masónico en el que está implicada silenciosamente la comunidad educativa? No, por supuesto que no. Solo que el mejor siervo es el que no sabe que lo es. Si por un lado hacemos que los profesores no tengan tiempo, aumentamos las ratios y les “invitamos” a seguir un determinado modelo, estos se verán con mucha más dificultad para aplicar formatos educativos que se salgan de los parámetros que interesa al status quo. Por otro lado, si formamos maestros que cumplan los requisitos anteriormente mencionados de memorizar y repetir, no serán maestros que pretendan innovar en la educación y repetirán el patrón que a ellos les ha funcionado. ¿Por qué no iban a hacerlo?
Vamos al meollo del artículo, que, como siempre, empiezo después de un montón de párrafos de introducción –la capacidad de síntesis no la he desarrollado correctamente ya que otra de las cosas que se me puntuó positivamente en mis años de estudiante era el meter un montón de paja para parecer que me sabía bien el tema-. El otro día, por mi trabajo, asistí a unas interesantes jornadas sobre educación e innovación. Debo decir que el nivel de las ponencias en general estuvo muy alto. Comenzaron con un biólogo genetista que explicaba desde un punto de vista científico la forma en la que diferentes métodos o actitudes de los docentes afectaban al cerebro, y por tanto al aprendizaje de los alumnos, según edades y tipologías. Y a todo ello aportaba su visión científica sobre qué métodos funcionan, que tips se pueden utilizar y cuáles resultan ya obsoletos. Todo con un lenguaje muy fácil de entender, acomodado al público asistente, que eran fundamentalmente maestros, estudiantes de magisterio y algún periodista tocapelotas.
El biólogo no es que fuera el mejor orador del mundo, pero sabía dominar la ponencia incluyendo momentos simpáticos y alguna que otra broma que sacó una sonrisa entre el público.
Tras esto, irrumpe en escena el siguiente conferenciante. Un auténtico torbellino: ágil, joven, gracioso, empático… con un tremendo sentido del ritmo y con un carisma arrollador. Además, con el discurso perfectamente aprendido de la forma más natural, sin tener que mirar ni una sola hoja ni tarjetón. Se mete al público en el bolsillo en menos de un minuto y ya no lo suelta durante la hora y media larga de ponencia que tuvo. Yo estaba esperando algo brutal. Venía después de alguien que había sido tremendamente ilustrativo, y poseía unas dotes en el escenario que hacían prever que iba a ser una charla para recordar.
Nada más lejos de la realidad.
A medida que iba avanzando el discurso, más patente se hacía que todo lo que tenía de comunicador era lo que faltaba en su mensaje. Un mensaje que se podía resumir en un puñado de posavasos del Strabucks. Un discurso que, si le quitas la forma, se puede redactar haciendo scroll en el time-line de Facebook de cualquiera de nosotros.
“No tienes que ser mejor que nadie, tienes que ser mejor que tú mismo cada día”, “La forma en la que le hablamos a la gente afecta en su día a día. Sé amable”, “No se trata de estar bien cada día, se trata de que si un día estamos en un 2, intentar llegar al 6”. ¿Alguien me puede decir qué demonios significa nada de esto a efectos prácticos? Si viniera luego acompañado de una explicación práctica de cómo pasar del 2 al 6, de cómo controlar tus emociones o de… no sé… de algo que pudieras decir “coño, pues esto puedo intentar ponerlo en práctica a ver si de verdad funciona”. No, todo era eso. Eso sí, en medio de bromas, de carisma gesticulador, de seguridad y de falsa modestia: “yo parezco mejor porque me rodeo de los mejores” (chupito cada vez que escuchéis esta frase en un congreso de lo que sea). Y sobretodo: de aplausos y más aplausos de una audiencia entregada. No se atrevió con la de “si deseas algo con todas tus fuerzas, el universo conspirará para que lo consigas” porque ya hubiera cantado más que Karius en la final de la Champions.
Pero la frase que ya me toco un poco las narices –que por otro lado tampoco es difícil en mi caso- fue la siguiente: “hay que detectar y expulsar a la gente tóxica que nos rodea”. Pasando por alto que también es motivo de chupito, la frase esconde lo más perverso del sistema neoliberal. Sí, es fácil aplaudirla. Todo tenemos gente a nuestro alrededor que creemos que no nos hace bien, que nos hace daño o que nos frena en nuestra felicidad, y que nos morimos de ganas de darle la patada por uno u otro motivo. El problema es que esa persona tóxica puede ser nuestro jefe, y cuando tienes una hipoteca, 3 hijos y te suben la luz cada semestre, es difícil expulsarla de nuestra vida. Porque si la persona tóxica es un cliente del que tu pyme depende en un 50% no es tan sencillo darle la patada. Porque si la persona tóxica es tu ex y tenéis un hijo en común, la vas a tener que ver y vas a tener que acordar cosas constantemente con ella, por mucho que te joda la vida.
“Hay que deshacerse de la gente tóxica”. Qué bonito, ¿no? Sobretodo dicho con un énfasis y una convicción envidiable, dominando magistralmente el tono y el tempo. Y claro, tú te lo crees y si no lo haces te sientes un perdedor y un cobarde. No es el sistema: eres tú, que no tienes agallas para ser feliz.
Las jornadas venían bajo el subtítulo de “educación, comunicación e innovación”, por lo que hubo un momento en el que creí y hasta desee que la conclusión final fuese algo así como: “me habéis estado aplaudiendo durante una hora y media y no he dicho absolutamente nada. Os acabo de demostrar lo importante que son las herramientas comunicativas para defender una idea. Tanto, que os he tenido en la palma de mi mano sin tener tan siquiera esa idea que defender. Ahora salid y aplicadlo en vuestras clases con vuestros mensajes, ya que vosotros sí que los tenéis”. Os juro que si hubiera hecho eso me hubiera levantado y le hubiera aplaudido, me hubiera hecho fotos con él y hasta le hubiera comprado el libro –sí, sorpresa, su charla era para vendernos un libro de autoayuda. Seguro que en él dice muchas cosas que nos cambiarán la vida… por 12 segundos-.
Así que supongo que hay que rendirse. Todo es forma. El fondo no importa. Por lo tanto, si el partido de Hitler se llamaba “nacional-socialista”, es que tenía que ser de izquierdas. Y no hay más que discutir. No hay por qué entrar en el fondo del asunto, porque estamos en el siglo XXI, donde la post-post-post modernidad ha dictado que el fondo ya no tiene importancia. Y qué narices… no tenemos tiempo.
PD: El próximo artículo me cabrá en un posavasos del Starbucks.

Siempre me ha sorprendido la capacidad que tiene este país de revestir de glamour cultural los eventos más superficiales de su historia. En esta época de post-modernidad -palabra intrínsecamente vacía- , de influencers que te animan a tirar cosas, de gurús del pensamiento mágico penedejo, de Dulceidas y Vaquerizos y de inefables señores con barba, pajarita y converse -que 15 años antes vestidos así no habrían entrado ni en los pasajes de Argüelles-, se nos plantea la maravillosa revolución tecnológica. Jamás he visto tal capacidad de desaprovechar unas herramientas objetivamente tan maravillosas como las de hoy en día en cosas tan absolutamente triviales y vacías de todo contenido.