Hitler era socialista

Hitler erhitlera de izquierdas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada vez que alguien pronuncia este frase muere un historiador, un politólogo y un señor de Murcia con sentido común.

 

No obstante, cada vez se oye y se lee más a menudo. No sé si serán las redes sociales u otro tipo de fenómeno de género catastrófico, pero hay mucha gente que afirma esto.

 

Y no solo lo afirma, sino que lo cree.

 

Como creen que la tierra es plana, que las vacunas te vuelven imbécil, que los chemtrails existen, que Cristiano Ronaldo es mejor que Messi o que Albert Rivera es progresista liberal.

 

Y no estoy tan seguro que se le pueda atribuir toda la culpa a las redes sociales. Es evidente que éstas ponen el altavoz muchas veces a individuos que no lo merecen –sí, suena elitista, pero es que soy progresista burgués. Si existe el feminismo liberal, ¿por qué no va a existir esto?-.

 

Pero altavoces a parte, las redes no dejan de ser un reflejo más o menos fiel de lo que es una sociedad. Por supuesto, todos mucho más felices que en el mundo real; pero si hablamos de ideologías, pensamientos o razonamientos, la gente es a menudo más sincera a través de ellos que en persona, gracias -por supuesto- a la falsa protección que ofrece estar al otro lado de la pantalla.

 

En mi opinión, el problema viene por otro lado y es más antiguo. Es tan sencillo como que cada vez se fomenta menos el pensamiento crítico, e incluso el pensamiento simple. Cada vez somos más analfabetos funcionales, aunque sea de manera más sutil. Cada vez nos quedamos más con la forma del mensaje y menos con el fondo. Del mismo modo que cada vez nos importan más las apariencias, la estética y la imagen y cada vez nos importa menos el interior de las personas, esto nos sucede también si lo trasladamos al mundo de las ideas.

 

Y en eso tienen la culpa también las redes sociales, pero no solo. La sociedad capitalista de consumo, con su inherente e insoportable frenetismo, hace que cada vez sea más difícil, incluso queriendo, pararse a analizar, a profundizar… convirtiendo así en analfabetos funcionales de facto a gente que no debería serlo.

 

La educación también juega su papel. No se fomenta el espíritu crítico, no se permite al estudiante discrepar o analizar lo que aprende desde su propio punto de vista, e incluso se le penaliza académicamente por ello. En general, los mejores alumnos no son los más brillantes: son los más dóciles. Y tiene sentido. Cuantos menos individuos podamos crear con espíritu crítico, menos se cuestionará el status quo. Del mismo modo, el sistema, sabiendo que le es matemáticamente imposible anular el 100% de los sujetos que tengan esta voluntad crítica y transformadora, plantea la solución de modo que, los que pese a ello la desarrollen, lo hagan con un bajo nivel de prestigio, y tengan que ver como otros estudiantes que tienen ese analfabetismo funcional 2.0 –estudian, clavan los exámenes reproduciendo los datos aprendidos y lo olvidan-, están mejor considerados y tendrán a priori mayores oportunidades de futuro que ellos. Y digo “a priori”, porque la realidad es tozuda y la capacidad intelectual casi siempre consigue escapar de las trampas del sistema, generalmente aprovechándose de él.

 

Pero la educación al final la ejercen maestros. ¿Estoy diciendo entonces que se trata de un complot judeo-masónico en el que está implicada silenciosamente la comunidad educativa? No, por supuesto que no. Solo que el mejor siervo es el que no sabe que lo es. Si por un lado hacemos que los profesores no tengan tiempo, aumentamos las ratios y les “invitamos” a seguir un determinado modelo, estos se verán con mucha más dificultad para aplicar formatos educativos que se salgan de los parámetros que interesa al status quo. Por otro lado, si formamos maestros que cumplan los requisitos anteriormente mencionados de memorizar y repetir, no serán maestros que pretendan innovar en la educación y repetirán el patrón que a ellos les ha funcionado. ¿Por qué no iban a hacerlo?

 

Vamos al meollo del artículo, que, como siempre, empiezo después de un montón de párrafos de introducción –la capacidad de síntesis no la he desarrollado correctamente ya que otra de las cosas que se me puntuó positivamente en mis años de estudiante era el meter un montón de paja para parecer que me sabía bien el tema-. El otro día, por mi trabajo, asistí a unas interesantes jornadas sobre educación e innovación. Debo decir que el nivel de las ponencias en general estuvo muy alto. Comenzaron con un biólogo genetista que explicaba desde un punto de vista científico la forma en la que diferentes métodos o actitudes de los docentes afectaban al cerebro, y por tanto al aprendizaje de los alumnos, según edades y tipologías. Y a todo ello aportaba su visión científica sobre qué métodos funcionan, que tips se pueden utilizar y cuáles resultan ya obsoletos. Todo con un lenguaje muy fácil de entender, acomodado al público asistente, que eran fundamentalmente maestros, estudiantes de magisterio y algún periodista tocapelotas.

 

El biólogo no es que fuera el mejor orador del mundo, pero sabía dominar la ponencia incluyendo momentos simpáticos y alguna que otra broma que sacó una sonrisa entre el público.

 

Tras esto, irrumpe en escena el siguiente conferenciante. Un auténtico torbellino: ágil, joven, gracioso, empático… con un tremendo sentido del ritmo y con un carisma arrollador. Además, con el discurso perfectamente aprendido de la forma más natural, sin tener que mirar ni una sola hoja ni tarjetón. Se mete al público en el bolsillo en menos de un minuto y ya no lo suelta durante la hora y media larga de ponencia que tuvo. Yo estaba esperando algo brutal. Venía después de alguien que había sido tremendamente ilustrativo, y poseía unas dotes en el escenario que hacían prever que iba a ser una charla para recordar.

 

Nada más lejos de la realidad.

 

A medida que iba avanzando el discurso, más patente se hacía que todo lo que tenía de comunicador era lo que faltaba en su mensaje. Un mensaje que se podía resumir en un puñado de posavasos del Strabucks. Un discurso que, si le quitas la forma, se puede redactar haciendo scroll en el time-line de Facebook de cualquiera de nosotros.

 

“No tienes que ser mejor que nadie, tienes que ser mejor que tú mismo cada día”, “La forma en la que le hablamos a la gente afecta en su día a día. Sé amable”, “No se trata de estar bien cada día, se trata de que si un día estamos en un 2, intentar llegar al 6”. ¿Alguien me puede decir qué demonios significa nada de esto a efectos prácticos? Si viniera luego acompañado de una explicación práctica de cómo pasar del 2 al 6, de cómo controlar tus emociones o de… no sé… de algo que pudieras decir “coño, pues esto puedo intentar ponerlo en práctica a ver si de verdad funciona”. No, todo era eso. Eso sí, en medio de bromas, de carisma gesticulador, de seguridad y de falsa modestia: “yo parezco mejor porque me rodeo de los mejores” (chupito cada vez que escuchéis esta frase en un congreso de lo que sea). Y sobretodo: de aplausos y más aplausos de una audiencia entregada. No se atrevió con la de “si deseas algo con todas tus fuerzas, el universo conspirará para que lo consigas” porque ya hubiera cantado más que Karius en la final de la Champions.

 

Pero la frase que ya me toco un poco las narices –que por otro lado tampoco es difícil en mi caso- fue la siguiente: “hay que detectar y expulsar a la gente tóxica que nos rodea”. Pasando por alto que también es motivo de chupito, la frase esconde lo más perverso del sistema neoliberal. Sí, es fácil aplaudirla. Todo tenemos gente a nuestro alrededor que creemos que no nos hace bien, que nos hace daño o que nos frena en nuestra felicidad, y que nos morimos de ganas de darle la patada por uno u otro motivo. El problema es que esa persona tóxica puede ser nuestro jefe, y cuando tienes una hipoteca, 3 hijos y te suben la luz cada semestre, es difícil expulsarla de nuestra vida. Porque si la persona tóxica es un cliente del que tu pyme depende en un 50% no es tan sencillo darle la patada. Porque si la persona tóxica es tu ex y tenéis un hijo en común, la vas a tener que ver y vas a tener que acordar cosas constantemente con ella, por mucho que te joda la vida.

 

“Hay que deshacerse de la gente tóxica”. Qué bonito, ¿no? Sobretodo dicho con un énfasis y una convicción envidiable, dominando magistralmente el tono y el tempo. Y claro, tú te lo crees y si no lo haces te sientes un perdedor y un cobarde. No es el sistema: eres tú, que no tienes agallas para ser feliz.

 

Las jornadas venían bajo el subtítulo de “educación, comunicación e innovación”, por lo que hubo un momento en el que creí y hasta desee que la conclusión final fuese algo así como: “me habéis estado aplaudiendo durante una hora y media y no he dicho absolutamente nada. Os acabo de demostrar lo importante que son las herramientas comunicativas para defender una idea. Tanto, que os he tenido en la palma de mi mano sin tener tan siquiera esa idea que defender. Ahora salid y aplicadlo en vuestras clases con vuestros mensajes, ya que vosotros sí que los tenéis”. Os juro que si hubiera hecho eso me hubiera levantado y le hubiera aplaudido, me hubiera hecho fotos con él y hasta le hubiera comprado el libro –sí, sorpresa, su charla era para vendernos un libro de autoayuda. Seguro que en él dice muchas cosas que nos cambiarán la vida… por 12 segundos-.

 

Así que supongo que hay que rendirse. Todo es forma. El fondo no importa. Por lo tanto, si el partido de Hitler se llamaba “nacional-socialista”, es que tenía que ser de izquierdas. Y no hay más que discutir. No hay por qué entrar en el fondo del asunto, porque estamos en el siglo XXI, donde la post-post-post modernidad ha dictado que el fondo ya no tiene importancia. Y qué narices… no tenemos tiempo.

 

PD: El próximo artículo me cabrá en un posavasos del Starbucks.

De La Movida a las fotos de pies

40635167_10216796781817035_3392843715084025856_oSiempre me ha sorprendido la capacidad que tiene este país de revestir de glamour cultural los eventos más superficiales de su historia. En esta época de post-modernidad -palabra intrínsecamente vacía- , de influencers que te animan a tirar cosas, de gurús del pensamiento mágico penedejo, de Dulceidas y Vaquerizos y de inefables señores con barba, pajarita y converse -que 15 años antes vestidos así no habrían entrado ni en los pasajes de Argüelles-, se nos plantea la maravillosa revolución tecnológica. Jamás he visto tal capacidad de desaprovechar unas herramientas objetivamente tan maravillosas como las de hoy en día en cosas tan absolutamente triviales y vacías de todo contenido.

¿Cómo hemos llegado a este punto? Sería absurdo pensar que un solo fenómeno ha provocado esta… ¿evolución? (creo que Darwin no estaría de acuerdo con esta acepción). Pero lo que me llama la atención recientemente es que aún hay algún pureta -¿decir pureta se puede considerar ya de pureta?- que clama a los tiempos mejores de los maravillosos 80, aquella fantástica época de apertura, libertad, transgresión y talento que aquí tuvo a bien llamarse en un acierto nomenclador «La Movida».

Por supuesto. La Movida era una época mejor. No había reguetón, la gente disfrutaba de la vida, había arte por doquier… Bien… Ese mantra de lo maravillosa que fue La Movida lo hemos escuchado casi tanto como lo ejemplar que fue nuestra transición, esa que se estudia en todas las universidades del mundo como ejemplo -SPOILER: No, no se estudia como ejemplo en ninguna universidad. Al mundo no le importa una mierda España. Asúmelo-. Puede parecer un poco pretencioso que yo, casi millenial, venga a hacer una disertación sobre La Movida. Por supuesto que lo es. Suerte que tenemos gente de 380 años que nos ha hablado de la Revolución Francesa, que sino no sabríamos nada sobre ella.

La defensa de que La Movida fue un momento cultural -y contra-cultural- revolucionario se basa, como he comentado antes, en los parámetros de la creatividad, la apertura y la libertad. Empecemos por la creatividad. La Movida, fue principalmente -aunque no solo- un movimiento musical, así que para analizar su creatividad en este ámbito nos debemos basar en su música. Que me perdonen los nostálgicos, pero la música que se hizo en España en esa época fue, salvo honrosas excepciones que hubieran salido igual independientemente del movimiento, como pueden ser Radio Futura o Gabinete Caligari, lo que se conoce coloquialmente como «una mierda pinchada en un palo». Derribos Arias sería un exponente de esa «creatividad». Un grupo de cuatro tíos que no sabían apenas tocar su instrumento, que no fueron capaces de tocar dos veces la misma canción sin cambiar algo porque iban demasiado puestos para acordarse, que no sabían de qué narices iban sus letras… Alguno me dirá que los Sex Pistols tampoco eran precisamente John Petrucci ni Mark Knopfler. Por supuesto. Se puede ser músico tocando 4 acordes y sin tener buena voz. La diferencia es que los Sex Pistols salían al escenario y rompían con todo, su cantante no era Freddy Mercury, pero lo que cantaba estaba más o menos en tono y no te dolían los oídos al escucharlo. Tampoco se quedaban parados frente al micro con la mirada perdida o mirándose los zapatos. Y sobretodo, los Sex Pistols se cagaban en la reina y en el establishment británico y toda su flema, mientras que los españolitos se limitaban a invitar a aprender alemán en 7 días. Invito a que veáis cualquier vídeo en youtube de ambos para que veáis que solo pensar que puede haber la más mínima cercanía entre ellos es para echarse al suelo de la risa.

Y ese es precisamente el tema: nada de lo que decían todos los «transgresores» de La Movida tenía nada de transgresor. Llamaba la atención a veces por lo absurdo y a veces porque veníamos de una dictadura y nos parecían transgresores hasta los semáforos con sonido. Pero vayamos al grupo que se ha considerado el estandarte de la época. Hablemos, por favor, de Mecano. Mecano se vestían de forma estrafaliaria, tenían una puesta en escena al menos mejor que la Derribos Arias (tampoco tiene mucho mérito), y hasta me atrevería a decir que sabían algo de música. Ahora bien, y fijaros en lo que voy a decir: hay más talento en un single de La Oreja de Van Gogh que en toda la discografía de Mecano. Y sí, he escogido La Oreja de Van Gogh porque son, aunque no lo parezca, su sustituto natural, una vez pasó de moda vestirse raro -que era lo que querían-.

La música de Mecano no tenía la más remota pizca de originalidad. Ni su sonido ni sus estructuras ni nada de lo que hacían era para nada distinto a nada que se hubiera hecho antes y mejor -eso sí, fuera de España-. Pero si por algo destacaban Mecano por encima de otros -peyorativamente, claro- era por su lírica. Esas rimas que recuerdo con 4 años escuchar de un cassette de mi prima y que ya me provocaban cierto rubor. Cómo olvidar joyas del cutrismo poético como «Hawai, Bombay son dos paraísos que a veces yo me monto en mi piso», «No hay marcha en Nueva York y los jamones son de York», «Este cementerio no es cualquier cosa, pues las lápidas son de color rosa» o mi preferida: «Roban y matan a Mario Postigo, mientras su esposa es testigo…» ¡¡¡Sí!!! Usan un apellido rebuscado para que rime con la otra palabra. ¡¡¡Genios!!! Si esto no es una explosión de creatividad que baje Dios y lo vea. Vergüenzas ajenas aparte, una vez más, ni pizca de crítica, de riesgo, de profundidad, de reflexión… de algo.

Y es que de eso va precisamente. No puedes pretender que La Movida fue un movimiento transgresor contra-cultural cuando no dices nada que invite a la reflexión. La estética es importante, sí. Marilyn Manson triunfó gracias a ella, pero tras su cara blanca, sus disfraces andróginos y sus lentillas siniestras, echaba por tierra a Dios, a USA y al establishment. En España lo más cerca que estuvimos de tener un Parental Advisory fue con el «Sacatumi» de Almodóvar y McNamara.

No me quiero extender mucho en el resto de referentes de la época, pero sí citarlos y observar al menos su evolución: Alaska, otra más a la lista de cantantes que no sabían cantar, que también supuestamente era súper original y lo único que hacía era vestirse exactamente igual que Siouxie de los Banshees. Actualmente, votante confesa del PP -que vote a quien quiera, pero que no me diga que es contra-cultural-, y comparsa de su marido Mario hasta el punto de haber sido eclipsado por este. Un sujeto que reivindica el cantar en playback y que cada vez que habla hace un homenaje a la inclutura y a la frivolidad.

Loquillo, copia estética de cualquier Mod que pasara por la calle, con una famosa letra que era una oda al maltrato, y que ahora hace anuncios para el Banco Sabadell mientras celebra que metan en la cárcel a músicos por decir cosas que él, tan contra-cultural que es, nunca se atrevió a decir -en parte porque tampoco lo pensaba-.

Ramoncín.

Mientras en España los referentes de la Movida eran estos, en el Reino Unido triunfaban Bowie, The Cure, The Smiths… Sí, las comparaciones son odiosas. Para unos más odiosas que para otros.

Apertura y libertad: Es cierto que en lo formal, había mucha libertad. Cualquiera se podía subir a un escenario y sonar en la radio, aunque no tuviera el más mínimo talento, como ya hemos comentado antes. Y podía hablar de sexo o incluso de drogas. Y podía hacerlo en la presencia de las buenas gentes de la política madrileña, como Tierno Galván, el alcalde molón, o incluso Felipe González. Porque las drogas, señores míos, no escandalizaban a la «izquierda guay». Las drogas están bien, porque aturden, porque mientras vas hasta arriba no tienes ganas de combatir el sistema, de cuestionar el establishment o de preocuparte por si están quitándote derechos. Y como la sociedad lo ve como tabú y tus padres te dicen que es malo, te puedes sentir un anti-sistema gracias a una herramienta del sistema. En la misma época hubo otra movida, esta sí contra-cultural, en el País Vasco: lo que se dio a conocer como rock radical vasco, que sí tenía riesgo y a veces hasta talento, con bandas como Kortatu o Barricada al frente;  y fue ignorada por las buenas gentes socialistas, los medios de comunicación y la gente guay del momento. Porque eso no molaba. Eso eran «movidas chungas, colega. Vamos a ver a Alaska, que la tía es super transgresora. Mira que pelo y que pintaojos. Y pásame el pico».

Otro de los ejemplos que se suele utilizar para apelar a la enorme libertad que se gozaba en España en la época movidera era la gran visibilidad de los homosexuales. Y sí, los gays (habitualmente varones, eso sí), fueron uno de los símbolos de La Movida. Porque como ya he dicho, en lo formal, La Movida fue transgresora. Lapiz de labios, hombreras, tacones hasta el Anapurna, plataformas, pintura blanca, pelucas, laca, lentejuelas… Casi diría que lo transgresor en esa época era llevar una camiseta blanca y unos vaqueros con deportivas. Y ahí los gays, casi siempre varones (lo había dicho ya? ejem…), eran imprescindibles. Y estaban casi obligados a ser los reyes de la fiesta. Tenían que ser los más extravagantes, los más excesivos, los más «locas». Y a las buenas gentes socialistas les encantaban. Anda que no se hacían fotos con ellos. Con los que iban así, muy exagerados -y casi siempre varones-, porque con los que eran gays pero no llevaban plataformas ni rimel hasta las patillas… ¿para qué?

Dejando a un lado las ironías, que no quiero dar la impresión de que pienso lo contrario de lo que realmente pienso: me parece genial que un homosexual (hembra o varón) vista como quiera. Me encanta que muchos de ellos vistan de forma extravagante, con maquillaje, tacones, etc. Me encantan las drag, lo queer. Todo. Además tengo una debilidad por los looks que se salen de lo común, por la gente que se atreve a ir más allá con la estética. No en vano mi ídolo es Robert Smith -ese sí que tenía talento-.

Lo que critico es que en esa época la única visibilidad que se le dio a la homosexualidad fue esa. Nos hinchamos de ver ese tipo de exhibición de la homosexualidad y eso está bien. Pero esos gays solo estaban en el ámbito del espectáculo. No se alzó la voz para decir en ningún momento que también se podía ser gay y vestir camiseta y vaqueros, que se podía ser gay y trabajar en una frutería, en una pizzería, en un ministerio o en la redacción de un periódico. No se aceptó que incluso se podía ser gay sin pluma o mucho menos lesbiana con vestido de escote y tacones. Y eso, para mi, no es que una sociedad salga del armario. Es abrir un ratito el armario como si fuera un escaparate para que la «gente de bien» disfrute, diga lo graciosos que son como si fueran monos en un zoo, para luego cerrarlo e irse a misa contentos de los tolerantes y abiertos que han sido.

Y eso fue, en mi petulante opinión -que yo de modesto no tengo nada-, La Movida. Una simple herramienta para aquello que se dice de «cambiarlo todo para que no cambie nada». Porque la forma era tan despampanante, glamurosa y repleta de fuegos artificiales, que no nos dimos cuenta de que no había fondo. Y de esos barros, estos lodos: 40 años después de la muerte del dictador seguimos con una democracia de mínimos, con gente sentándose en banquillos por twits, chistes y expresiones culturales o políticas por un lado; y por otro influencers con fotos de pies y Coelhos haciéndote creer que solo con desearlo mucho puedes conseguir lo que quieras, aunque tengas menos talento para ello que Derribos Arias para la música. En medio la plebe jugando su papel de follower y algunos imitando a influencers y gurús con más pena que gloria, pero gracias a ello sintiéndose un poco por encima. Y mientras, la fama y el dinero para los tontos listos y la rutina y el conformismo para otros. En fin… me voy a escuchar Pictures of You, que de todos lo vacíos, el que más me gusta es el existencial. Y si es con la voz de Robert Smith, mucho mejor.

Ser «feminazi» nos hará libres.

Hace unos años era más raro ver a un hombre -aunque fuera joven y de izquierdas- llamarse a sí mismo feminista, que a Rajoy haciendo declaraciones sin un plasma de por medio. Pero los tiempos cambian, y a veces, y sin que sirva de precedente, para mejor.

 

Hoy en día empieza a no verse bien mostrarse abiertamente en contra de la igualdad de la mujer y por eso – pasando por alto greatests hits del cuñadismo como “ni machismo ni feminismo”-, el machista, sujeto obcecado por definición, ha encontrado un nicho maravillosamente perverso que emana del término “feminazi”.

 

Para ser justos, y ciñéndonos a lo estrictamente propagandístico, el término es todo un acierto en el sentido que permite no tener que desarrollar argumentos complejos –el machista además de obcecado suele ser más básico que el hidróxido de hierro-, algo imprescindible en la corriente filosófica cuñadil del siglo XXI.

 

No voy a dar la chapa sobre el origen del término y el personaje que lo acuñó, porque creo que ya se ha hablado bastante del tema, y el que no lo sepa que lo busque, que la fibra está barata; pero solo por ello ya debería cuanto menos presentar dudas y reparos sobre su utilización. Ahora bien, más allá del término en sí, vayamos al fondo y por qué su uso y abuso considero que es, paradójicamente, algo de lo que los/las feministas deberíamos alegrarnos… o no.

 

Si hace unos años, con la maravillosa llegada a nuestras vidas de las redes sociales, veíamos burradas de cualquier calibre, ahora vemos en los mismos foros a los mismos autores en situaciones, cuanto menos, dignas de análisis. Sin ir más lejos, ayer mismo pude ver como un machista como Dios y España mandan, colgar una foto de 1936 de manifestaciones feministas del batallón Rosa Luxemburgo  – si no sabéis qué es o quién fue Rosa y por qué éste llevaba su nombre, preguntad a José María Google, y si no tenéis internet tampoco me estáis leyendo a mi, o sea que no jodáis la marrana -. (Sonido de disco rayado) ¿Cómo? ¿Hemos conseguido hacer volver del lado oscuro a un machista confeso, de derechas de toda la vida y que defienda el feminismo como el que más? Sí… bueno… no corramos tanto.

 

La foto la compartía acompañada de un texto (ah, el texto, siempre el texto…). Decía así: “Cuando las feministas luchaban y no insultaban por Facebook”. Obviamente, este asimétrico haiku postmoderno propició una apasionante ristra de reflexiones que dejarían en ridículo al mismísimo Chomsky –en los artículos de opinión es importante citar a menudo nombres extranjeros para que parezca que has leído algo más que las condiciones de uso de la última app que instalaste. Yo me los suelo inventar. Si acaba en “sky” siempre funciona -.

 

Las inefables reflexiones comenzaban con un buen uso y abuso del término que hoy nos ocupa, instando a las feministas “de verdad” –el día que se establezca el reparto de carnets como disciplina olímpica nos llevamos el oro de calle –  a defender al mundo frente a esas feministas radicales, que son las que “hacen daño al –de nuevo- feminismo de verdad”. Intentando aguantar la carcajada al escuchar a australopitecos de esa magnitud defendiendo, aunque sea de manera hipócrita, el concepto de feminismo, sentí que era algo que ya debería de algún modo congratularnos. Porque no nos engañemos, no está hecha la miel para la boca del asno y que gente que tiene más cerca defender a La Manada que sus dos neuronas use una foto de batallones feministas republicanos es lo máximo que se puede conseguir de ellos.

 

Pero antes de albriciarnos onanístitico-metafóricamente… un par de detalles. En el hilo siguiente a este post de «denuncia», el término “feminazi” se veía sustituido en ocasiones por “feminista radical”, lo cual, siempre dentro del contexto, también es para congratularse. Y sobretodo, para analizarlo. No seré yo quien diga que no pueda existir algún/a feminista que se pueda pasar de frenada, ya que por estadística siempre hay alguien que se suma a un movimiento sin tener claros conceptos básicos como dónde tiene la mano izquierda y la derecha y pueden pasar estas cosas. Ahora bien, seguramente, poca importancia pueda tener esto. Y es más, a veces en todo movimiento de reivindicación de derechos puede venir bien una corriente un poco más “radical”, siempre que tenga por sana costumbre el uso del cerebro.

 

Sin embargo, el término “radical” está todavía más de moda que el de “feminazi”, y es algo que también merece su análisis –porque lo digo yo-. La radicalidad de una idea o persona que la defiende se suele medir desde la perspectiva del individuo que defiende la contraria. Por ejemplo: para Eduardo Inda, que el pobre es más ultra que un traje de legionario hecho con los pelos del pecho de Bertín Osborne, un socialdemócrata se convierte fácilmente en un peligroso comunista radical anti-español golpista filoetarra.

 

Lo cual nos lleva al punto al que quería yo llegar y sorprendentemente solo me ha costado 10 parrafitos de nada. Que los machistas de toda la vida se vean incómodos y tengan que retorcer sus vastos argumentos hasta el punto que se sorprendan a sí mismos haciendo una defensa del “feminismo moderado” frente al “radical” cuando hace cuatro días pregonaban a los cuatro vientos sus falacias heteropatriarcales –no digo que estas no lo sean-, resulta, como mínimo, una pequeña victoria. Pero lo más importante es que han perdido el control sobre el término que ellos mismos orgullosamente instauraron. Ahora ya se ve a todas luces que cuando alguien utiliza la palabra “feminazi” es porque, desde su punto de vista, el feminismo es algo radical. Y según el silogismo anteriormente mencionado, ellos mismos se están mostrando ante el mundo como machistas con el simple hecho de utilizarlo. Y teniendo en cuenta que ellos no quieren parecer machistas ante el resto del mundo porque hasta ellos saben que no está bien visto, poco a poco dejarán de usarlo. Os puede parecer muy optimista, pero en este mismo paradigmático hilo del que hemos hablado se veía como el mismo término se iba diluyendo pasando a “hembrista”, dejando de usarse y pasando a “feminista radical” para luego dejar de usarlo y alegar perlas como “mi madre es muy feminista” o “creo en la igualdad”. El mismo titular ya hablaba de “feministas” y no de “feminazis”, como mandaría el canon cuñadil. Ya nadie les creía, obviamente, pero el argumento se desmontó solo por la simple fuerza centrípeta de sus propios términos. Y es que no debemos subestimar el poder de las palabras. Especialmente de las que nosotros mismos pronunciamos.